Metas para el desarrollo del psicoanálisis

 

 

Ya desde 1918, en su artículo “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, Sigmund Freud expresaba cierto desencanto con los resultados obtenidos en la práctica del psicoanálisis, a dos décadas de su invención; también reconocía con inquietud la creciente divergencia entre el desarrollo de la técnica y el de la teoría. Era un momento de crisis para el movimiento psicoanalítico, que había estado en riesgo de dispersarse y desaparecer durante los años de la Gran Guerra. 
En ocasión del 7° Congreso Psicoanalítico Internacional, celebrado en Berlín en 1922, Freud reiteró su interés sobre estas cuestiones al anunciar un concurso que premiaría al trabajo escrito que mejor se ocupara de la problemática relación de la técnica con la teoría analíticas. La convocatoria se hizo oficial en marzo de 1923; allí se invitaba a indagar en qué medida la técnica influía en la teoría, con la finalidad de poder determinar si ambas se promovían u obstaculizaban recíprocamente. Aunque no fueron presentados trabajos para hacerse acreedores al premio —mismo que luego se declaró desierto—, Sándor Ferenczi y Otto Rank, miembros del círculo más cercano a Freud, estuvieron muy cerca de enviar sus elaboraciones conjuntas sobre un tema del que ya se ocupaban hacía meses. Prefirieron en cambio discutir sus textos —escritos por separado—, durante las vacaciones de verano de 1923, y hacerlos publicar conjuntamente bajo el título de Metas para el desarrollo del psicoanálisis, un año más tarde. 
En un principio, Freud saludó la aparición del libro, cuyo contenido parcial conocía de antemano, ya que Ferenczi había leído un extracto del mismo ante la Sociedad Psicoanalítica de Viena unos meses atrás. Aun así, los puntos de vista sostenidos por sus autores desataron una gran polémica entre los demás miembros del Comité de los Anillos, quienes creían reconocer allí las semillas de una nueva disidencia. Quizá influido por estas voces críticas, Freud modificó su posición inicial y expresó su desacuerdo con algunas de las ideas allí planteadas. 
Entre aquellas que suscitaron mayor controversia estaban las que proponían un papel más activo del psicoanalista, buscaban favorecer la repetición en los pacientes —aun en detrimento de la rememoración—, cuestionaban el modo de interpretación “teorizador” de muchos analistas, se preguntaban sobre la conveniencia de poner un plazo a la terminación de los análisis, y discutían acerca de la importancia de la transferencia “negativa”, lejos de considerarla como mera resistencia. 
A pesar de lo innovador de sus planteamientos, Ferenczi y Rank aseguraban que tan sólo llevaban un poco más lejos lo que Freud mismo habría ya señalado en sus trabajos. Esto no evitó que la relación de éste con uno y otro quedara, de ahí en más, seriamente afectada, si bien en circunstancias y momentos muy distintos. ¿Quién podría, hoy en día, poner en duda la actualidad de los temas abordados en este libro? No sólo por su interés histórico, sino —sobre todo— porque se refieren a problemas de la práctica que aún merecen discutirse. Esta es la razón que lleva a publicación de la primera edición integral en español de un título imprescindible para el lector del psicoanálisis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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